Solemos llamar el niño interior al cuerpo emocional que guarda las heridas de la infancia y está buscando reconocer esas heridas para manifestarse en plenitud, conectando con la propia identidad verdadera e incorporando nuevos dones para expresarlos en su camino por la vida.
De esta forma, todos, mostramos de una forma muchas veces sutil expresiones de ese niño desde el adulto que somos. Mostramos las heridas en forma de poseer, de reclamar para sí, de culpar a otros de los errores propios, de escondernos para que no nos descubran, de culparnos, de sentir vergüenza, miedo a lo desconocido, de acaparar…
No siempre somos conscientes de ello, menos cuando somos ya mayores. Tratamos de acumular méritos para tener un bagaje y un equipaje que nos permita andar por la vida sin miedo al futuro, tratando de vivir intensamente, pero se nos escapa los pequeños detalles que se muestran como contradicciones, como inconsistencias que nos revelan que algo en lo profundo aún no ha sido reconocido.
Desde afuera es muy gracioso ver al niño cómo se mueve tratando de que el adulto lo vea y le preste atención, sobre todo cuando son personas mayores incluso con un bagaje profundo. Pero nos llega a todos, por muy observadores que seamos no estamos ajenos a no ver esas cosas pendientes.
Siempre el propio afectado es el último en darse cuenta, pero hay señales en el exterior que cuando les prestamos atención nos da mucha información. ¿Actúas y tienes que deshacer el enredo? ¿Se bloquea algo que funcionaba como en una autopista? ¿Dónde estás diciendo algo que luego no pones en práctica? A veces la energía potente que tenemos nos impide ver pequeños detalles sutiles, ahí es importante ver el escenario, escuchar. Otras veces, si estamos con una energía densa, el pesimismo no nos permite ver el vaso medio lleno y tampoco podemos reconocer eso que se manifiesta.
Todas estas preguntas realmente me las estoy haciendo a mí mismo, porque al ver a otros y ver cómo actúan provocan esta reflexión en mí.
Tras sesiones de terapia de sonido, muchas veces se ponen en evidencia aspectos como estos, no siempre de ver una dolencia emocional, sino que se produce una invitación a ser más conscientes de cómo nos comportamos, de cómo no estamos prestando atención a pequeños detalles que requieren de una mirada reflexiva y paciente.
De hecho, cuando somos capaces de ver más allá del trauma, de lo que aflora tras una sesión, y comprendemos el mecanismo que lo activa, nos hacemos meditativos, nos hacemos seres más conscientes para aplicarlo luego en nuestro día a día y revisar lo que se mueve en nuestro interior reclamando atención.
Si lo hacemos desde la inocencia, la humildad y el amor propio, le añadimos una gran dosis de conciencia, ya que son la clave para atender las heridas de nuestro niño, del niño que fuimos, que reclama ser visto y escuchado.

