Cuando hacemos una buena acción estamos corrigiendo errores del pasado o añadiendo abono al terreno. Como el tiempo es cíclico repetimos continuamente situaciones en las que debemos trabajar diferentes aspectos, y ahí lo que elijamos determina si añadimos abono al terreno o lo desfertilizamos. Poco a poco, sin darnos cuenta, podemos añadir puntos o restarlos en nuestro haber, por decirlo de otra manera.
No se trata de buenismo, sino de hacer lo correcto para nosotros, para lo que estemos trabajando en nuestro interior. Si ponemos límites en un momento determinado y nos sentimos bien, eso era necesario para nuestro trabajo interior. Hacer daño porque sí, nunca lo es, pero a veces lo provocamos sin darnos cuenta. Decimos algo que hemos dicho muchas veces, alguna expresión sin mayor importancia, pero que a la otra persona le afectó a una herida emocional que tenía y se lo tomó mal.
Si en lugar de pedirle disculpas y aclararlo nos sentimos culpables, restamos puntos en nuestro tablero, porque la culpa, la vergüenza, el miedo, son de las emociones con frecuencia más baja. Por no hacer daño, por ser “buenos” nos callamos o nos culpamos, pero ese ser bueno no es bueno. Por eso se trata de hacer lo correcto para nosotros y también para la otra persona, porque así le estamos dando la oportunidad de que vea su herida, gestione su estado emocional y pueda corregir esa herida, o al menos paliar su efecto.
Este es un ejemplo de que todos somos espejos de todos. Lo que hagamos puede que no tenga un efecto inmediato, pero es como ponerle un poco de agua y abono a la semilla para que un día brote y con el tiempo veamos los frutos del árbol de nuestra vida. Si no la regamos y abonamos, acaba muriendo porque el terreno se convierte en un terreno baldío.
Se trata de hacer el bien por esa razón, no por el mero hecho de ser buenos o por una moda determinada, por cultivar nuestro terreno que está representado por nuestro cuerpo, hijo de la tierra y nutrido por ella. Es el terreno que debemos cuidar dándole buena nutrición a base de buenos alimentos, emociones, pensamientos y buenas acciones, porque todo repercute en su estado.
En nuestro cuerpo físico y nuestros cuerpos sutiles se encuentra toda la información de nuestra historia que es la que atrae situaciones y personas por la frecuencia que emite. Unas veces se activa algo en concreto y ahí se crea una situación, que si la vemos conscientemente podemos actuar de forma que se corrija esa frecuencia. Se trata de ir creando el hábito de actuar siempre pensando en lo que nos conviene, no por egoísmo, sino por el bien de todos, como quedó explicado en el ejemplo anterior.
Lo que nos conviene no es algo que podamos obtener de los demás para nuestro propio beneficio utilizándoles y luego dándoles de lado, sino entender que es un bien mayor para ir corrigiendo y abonando nuestro terreno a la vez que damos la oportunidad de corregir a los demás.
Cuando surge algún conflicto por un malentendido o por no haber podido gestionar nuestras emociones, éstas disparan programaciones, creencias y/o patrones mentales que nos pueden sacar de nuestro centro y reaccionar. Ya está el escenario montado y podemos entrar en una discusión que saque de nosotros lo peor que tenemos y que muchas veces desconocíamos que teníamos.
Fue un detonante que activó esa información. Si somos capaces de reaccionar a la reacción primera y corregir, esa gestión emocional traerá un entendimiento de qué fue lo que estaba en nosotros que nos hizo comportarnos así. Hemos hecho consciente programaciones inconscientes que afloraron con la energía del momento. No hay que culpabilizarse por ello, sino entender que lo que surgió en ese momento.
Ahora podemos corregir, disculparnos, o aclarar los malentendidos. Así entre todos corregimos y nos calmamos. Abonamos el terreno para el futuro.
Estos mismos conflictos emocionales y malentendidos se dan también a nivel grupal, en la sociedad, por eso vemos tantos conflictos entre razas, grupos, vecinos, países… Si todos actuáramos conscientemente y entendiéramos esto, podríamos afrontar las situaciones desde otro punto de vista mucho más constructivo, crearíamos una sociedad mucho más sana y colaboraríamos entre todos en fomentar otra forma de actuar.
El resultado es una convivencia más armoniosa, tener coherencia entre nuestras emociones, pensamientos y acciones, lo que trae una mayor consciencia, porque ésta aparece cada vez que nos damos cuenta de que hay otra forma de hacer las cosas, y esa forma es la consciencia que también está en nuestro interior, en nuestros cuerpos sutiles y nuestro cuerpo físico.
Recordemos que la plaga del siglo XXI es el estrés creado por sostener un estado emocional alto durante mucho tiempo, con lo que está el disparador permanentemente activado y ante cualquier situación se activan esos programas, pero como no nos calmamos, no podemos tomar consciencia de lo que lo activó y vuelve a activar otro y otro programa.
Necesitamos quietud y silencio, o lo que es lo mismo, emociones aquietadas y sin ruido mental porque es la única forma de hacer consciente lo inconsciente y abonar nuestro terreno para que brote las semillas que harán crecer el árbol de nuestra vida y dar frutos jugosos y dulces.

